Resencia

El ser humano siempre ha mirado hacia el cielo cuando no ha sido capaz de contestar sus propias preguntas. Si nos ceñimos a la mitología, es ahí en el cielo donde se nos señala que están los dioses y es en estas mitologías más mundialmente conocidas donde el padre de todos ellos es un tipo que tira rayos. Aunque sinceramente, yo creo que es una mujer, una de ojos verdes y apodada Tormenta.

Lo que nadie te dice sobre las tormentas es que una vez pasan, nada es igual. A todos nos han dicho que tenemos que ser como esa palmera que se dobla en plena tempestad, pero que nunca se rompe. Lo que no nos dicen es que esa palmera jamás será la misma y que echará de menos esa adrenalina de estar a punto de partirse en dos y ganar una vez más a la muerte.

Podría hacer un símil más sobre cómo una tormenta puede hacer que los vikingos lleguen a Canadá y cómo otra evitó que en Londres se hable español. ¿Pero a quién coño le importan estas cosas hablando de mi Tormentita? Bueno, pues a mí me importan, porque si no hubiera sabido que una Tormenta me puede hacer naufragar quizá dos años después viviría con ella en una pequeña casa en Madrid y en lugar de tener una cama de matrimonio para mí solo, habría sitio para ella. También sería de esas que me diría que no ponga el aire acondicionado para dormir en verano o de las que me roba las sábanas a media noche. Incluso quizá habría sido de esas personas que me hubiera animado para irnos a Andorra un par de años. ¿Qué más da ya?
Ya perdí una vez y sé lo que se siente, por lo que a partir de aquello me volví egoista, con miedo a los truenos y a cualquier cosa que pueda borrar lo que he logrado ser. El problema es que no puedo parar de mirar hacia arriba, fantaseando con lo que podría haber sido, fantaseando con lo que estoy seguro que en otra vida es.

Pero no hablemos de miedos, hablemos de ella. Hablemos de esa chica que aunque tenga cosas que creo que pueden destruirme, también tiene otras que casi no tiene ya un puto humano sobre la tierra: El don de tener gustos propios.

Y es que, Laurita, quizá lo genial de la vida es eso, estar con alguien que tiene la capacidad de destruirte y confiar en que jamás lo hará.

 

 

Madrid.
Siempre Madrid.

Mi tren había llegado a primera hora y me había dado tiempo a ir al hotel y dejar las maletas y por supuesto que ese hotel era el Eurostars Tower.
Podría decir que estaba nervioso, pero no era así, el tiempo no pasaba y yo estaba deseando ser esa palmera doblándose en mitad de la tempestad.
Voy a tener que dejar de esperar a personas importantes en Atocha, son demasiados recuerdos que aquí no pintan nada, pero quizá todas esas personas tengan algo en común y todas tengan que salir por la misma puerta. También es cierto que todo esto que estoy escribiendo sobre lo que siento por las tormentas ella jamás se lo crea y se piense que simplemente estoy endulzando el relato, un relato más.
Supongo que al final todos tenemos miedos, ella de que le esté vendiendo la moto y yo con miedo de que me la pueda comprar.

Decir que estaba preciosa al salir del AVE era quedarme corto, pero qué os voy a contar. Realmente tampoco hacía falta que se vistiera de alguna forma especial, porque era mirarle los ojos verdes y caer rendido. Además tenía la gran ventaja de que si por lo que sea caía mi mirada, no pasaba más allá de sus apetecibles labios.

La notaba nerviosa, lo cual es curioso. ¿Cómo notamos que alguien está o no nervioso simplemente por cómo anda hacia nosotros? ¿Será esa pequeña conexión que se tiene sólo con algunas personas?
Llegó hasta a mí y se paró. Le agarré ambas manos y pude notar esa conexión, ese chispazo, ese rayo. Después mis manos se quedaron en su cintura y mi boca se acercó a la suya. Los segundos parecían horas mientras mi boca se acercaba a sus labios, me dio tiempo para notar su respiración, su aliento, cómo su corazón bombeaba más y más sangre.

Mis labios tocaron los suyos y fue ahí cuando el rayo hizo de las suyas y destrozó cualquiera plan o idea que pudiera tener. Mis dientes se clavaban en su labio inferior y mi lengua buscaba a la suya. No podía parar de besarla, ignorando que nos encontrábamos en medio de Atocha y que aunque a la gente le encantaba ver a una pareja de idiotas felices en una estación de tren, quizá lo estábamos alargando demasiado.

– Si no puedo parar de besarte, ¿cómo vamos a decirle al taxista dónde ir? Le dije

No me contestó, volvió a lanzarse a mis labios y se abrazó más fuerte a mí, como así tratando de evitar que el tiempo pasara por nosotros y poder alargar ese momento todo lo posible.

Le cogí del asa la maleta y le indiqué que me siguiera para coger un taxi. El viejo truco de tener algo en las manos cuando estás nervioso. Yo cogí la maleta y ella se abrazó a mí, colocando su cabeza en mi hombro mientras nos acercábamos a los taxis. Esto se me estaba yendo de las manos y después de este día no iba a ser capaz de vivir sin que un rayo me atravesara como lo hacían aquellos putos ojos verdes.
Antes de salir por la puerta para coger un taxi y aprovechando que estaba abrazada a mí, me acerqué y le di un beso en el cuello. Pude escuchar su gemido y fue ahí cuando ya me temí lo peor, íbamos a explotar.

Durante el trayecto aproveché para hablar con el taxista sobre fútbol, que por alguna extraña razón la mayoría de taxistas de Madrid son del Atleti, si alguien tiene una explicación que me lo diga en los comentarios, porque qué pereza.

Le indiqué al taxista que nos dejara en la esquina antes del hotel, que no hacía falta que diera la vuelta entera. Apuntad, que os ahorraréis pasta, de otro modo el taxi tiene que dar toda la vuelta a las torres por detrás. #HeroAhorro

– Sé que estás acostumbrada a estar en sitios más altos, pero no me han podido dar una planta más alta que la 27. Le dije mientras ella miraba la torre desde abajo.
– Yo ya estoy en lo más alto ahora mismo. Me respondió
– Como sigamos diciéndonos estas cosas esta misma noche vamos a tener que ir pensando el nombre del perro. Le dije mientras le agarraba de la cintura y le indicaba para entrar.

Nos subimos al ascensor y marqué la planta 27. Después agarré sus manos y las puse sobre mis hombros, a lo que ella entendió que debía abrazarse a mi cuello. Mis labios volvieron a lanzarse, pero ahora de una forma mucho más agresiva, aprovechando que nadie nos veía.
No sé que me estaba pasando, pero de repente estaba súper cachondo, con ganas de bajarle los shorts y follármela ahí mismo.

Me lancé a su cuello y se lo empecé a comer, a lo que ella empezó a responder con gemidos. Yo no paraba de saborear su piel, de apretarme a ella, de notar su calor, su sabor y de escuchar sus gemidos.

Pero aunque sean 27 plantas, el ascensor sube muy rápido, por lo que no dio tiempo a mucho más.

Entramos en la habitación y yo le agarré ambas manos, indicándole que me siguiera. Me senté en el borde de la cama y ella se puso sobre mí, me agarró la cara y me empezó a besar. Mientras me besaba me quitó la parte de arriba y yo hice lo propio con la suya.

La cogí en brazos y la lancé sobre la cama. Empecé a quitarle los zapatos y le bajé los shorts, quedándola en ropa interior. Yo hice lo propio y me quedé sólo con los boxers. Me puse sobre ella y la seguí besando, creo que tenía un gran problema con ella y sus labios porque no podía parar.

– ¿Qué me has hecho? Le dije mientras le besaba el pecho sin quitarle el sujetador.
– ¿Por? Dijo sonriendo, como si supiera lo que me pasaba.
– No puedo parar de besarte y de comerte entera. Le respondí.
– Pues hazlo. Me dijo ella.

Se quitó el sujetador y empecé a besarle los pezones, de reojo podía ver cómo movía la cabeza de placer. Se los lamía y besaba, con saltos de vez en cuando a su boca, que no se olvidara de mi sabor. Fui bajando con cuidado de no hacerle cosquillas y matar el momento, besando su cadera, pasando ahora por su ombligo, hasta llegar a su tanga.

– ¿Crees que debería quitarte esto? Le dije sonriendo.
– Por favor. Respondió mordiéndose el labio.

Empecé a besarle el coño a través del tanga, cambiando de vez en cuando con unos besos a sus muslos. Se lo aparté un poco y le pegué un lametazo súper húmedo de abajo a arriba y ella se retorció de placer.

– Contigo ni siquiera puedo jugar, estoy cerdísimo. Le dije.
– Yo también.

Le quité el tanga, me puse de rodillas frente a la cama y le empecé a devorar el coño como si un grupo de narcos me hubiera obligado como única forma de salvar mi vida.
Tuve que agarrarle las piernas con mis brazos, porque es verdad que ella estaba tan cachonda como yo, estaba totalmente calada, jadeando, retorciéndose y dando patadas.

Mi lengua pasaba justo entre los labios de su coño una y otra vez, parándose en la entrada. También se ponía sobre su clítoris, pulsando como si fuera un timbre al que alguien tuviera que contestar para dejarme entrar. Con miedo solté una de sus piernas y le empecé a meter dos dedos mientras se lo seguía comiendo.

– Fóllame ya, me dijo.
– ¿Suficientes preliminares? Le dije sonriendo.

Me bajé los boxers mientras se lo seguía comiendo, ahora de una forma más tierna, como si realmente se tratara de su boca y estuviésemos aún en Atocha.

– Me encanta tu sabor, le dije. Ella me respondió con un gemido.

Me la agarré con una mano y empecé a darle golpecitos y a rozármela.

– No, por favor. Dijo entre risas y sufriendo.
– En cuanto te la meta, no voy a poder parar de follarte hasta que uno de los dos muera.

Me volví a poner sobre ella y fui directo a su boca. Ella ya respondía con mordiscos y con besos mucho más húmedos.

– Saca la lengua le dije.

Sacó la lengua y aproveché para lamérsela fuera de la boca, tanto su lengua como sus labios. Recorrí toda su boca por fuera con mi lengua, humedeciendo aún más toda la zona, si es que era posible.

– Eres un guarro, me dijo entre risas.

Me la agarré y se la metí.
Ella pegó un grito seco y se quedó mirándome.

– ¿Y si me quedo así eternamente, dentro de ti y sin moverme?

Ella no respondió, sólo se mordió el labio y me siguió mirando.

Empecé a metérsela despacio, una y otra vez. Seguí besándole la boca, aprovechando que aún podía. Ella se abrazó a mí con fuerza, como evitando que pudiera escapar de aquello.
Noté cómo sus uñas se empezaban a clavar en mi espalda y cómo cada vez que sentía el calor de su coño tenía la sensación de explotar por dentro.

Seguí aplastándola contra la cama, cada vez más duro, que notara el peso de mi cuerpo. No podía parar de meterle la polla, de escucharla gemir.

Me levanté, le agarré de los tobillos y la deslicé por la cama.

Sin soltarle los tobillos, apreté para que sus rodillas fuera contra su pecho y yo estando aún de pie, me la empecé a follar así, cada vez más duro, cada los golpes sonaban más y más fuerte casi silenciando los gemidos que no habían parado de salir de su boca.

Me indicó que me sentara y se puso a montarme, poniéndome las tetas en la boca para que se las comiera. Era un sexo lento, cariñoso, con muchos besos. Empecé a morderle la oreja mientras aprovechaba para decirle cosas que jamás podré contar.
Le agarré del cuello mientras ella se seguía moviendo conmigo dentro. Le llevé dos dedos a la boca y ella empezó a chupármelos como si fueran en realidad otra cosa.

Dimos una vuelta en la cama, quedando yo sobre ella. Empecé a mordisquearle los labios y me quité de encima. Me senté en su pecho y le metí la polla en la boca. Ella trató de incorporar su cabeza para comérmela.
No podía parar de gruñir de placer, ya no tanto por lo que me hacía, sino porque era ella la que lo hacía.

Se la saqué de la boca y le indiqué que se pusiera a cuatro patas.

La imagen era perfecta, con ella a cuatro y mirando hacia atrás. Además tenía la entrepierna totalmente calada, con los labios del coño súper hinchados.

Le agarré de la cintura y se la empecé a meter. Mis embestidas cada vez eran más fuertes y ella se iba a quedar ronca si seguía gritando así. Estaba totalmente agotado y sudando como si hubiera hecho triple sesión en el gimnasio.
Ella me hizo parar y que me sentara y me la empezó a comer. Su lengua pasaba de abajo a arriba y sus labios me la apretaban mientras su mano me masturbaba.

– Vas a hacer que me corra, le dije.
– Pues hazlo, dijo ella mientras se apartaba un poco y me hacía señas de que lo hiciera sobre su cara.

Me puse de pie y me empecé a masturbar hasta que… Me corrí en su cara. Con mi mano derecha aproveché para llevárselo todo a la boca. Ella se lanzó a mis dedos y me los empezó a limpiar uno a uno, después lo hizo con mi polla, que no había forma de que se bajara.

– Estoy más cachondo ahora que antes, le dije entre risas.
– Me da que hoy no vamos a salir de la habitación, me dijo riéndose y lamentándose al mismo tiempo.

Le hice levantarse y la llevé de la mano al ventanal que daba a la calle, que con tantas prisas por follarnos ni siquiera había mirado las preciosas vistas que había desde la suite.

La puse contra el ventanal y yo me puse por detrás. Le aparté el pelo a un lado y le empecé a comer el cuello mientras mis manos se entrelazaban a las suyas que estaban apoyadas en el cristal y mi polla empezaba a entrar y salir de nuevo.
Pasé un brazo por delante de su cuello y la apreté más contra mí, mirando el hipnótico reflejo de su cara de placer en el cristal….

Con todo Madrid a nuestros pies y con un puto rayo destrozándolo todo.

 

Quizá fue mi miedo al pensar que ella era de una forma de ser que yo quería evitar, quizá mi miedo al pensar que era de esas personas que no sabía estar solas. Lo que tengo claro, es que de una forma u otra sólo fue miedo. Aunque como dice un amigo mío, hay que ser muy valiente para decir que tienes miedo. 

Laurita, nunca dejes que nadie te diga que no eres perfecta, aunque te lo diga yo. Sobre todo si te lo digo yo.

–Hero

6 comentarios en «Resencia»

  1. Soy muy visual y he vivido cada palabra que has dicho, cómo si la historia la hubiera vivido en carne propia vaya, me ha encantado esa mezcla de morbo, pasión y ternura, que creo que todos deberíamos conocer aunque sea alguna vez en la vida, conocer a alguien que nos disfrute y que nos haga disfrutar de esa misma manera, con esa misma intensidad, encontrar esa conexión hoy en día es más difícil que un trabalenguas alemán, así es que gracias por este momento, por haberme teletransportado a esta historia y haberme acelerado el corazón aunque sea unos minutos. Sigue escribiendo un abrazo

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